Luis Villegas Montes
Javier:
De veras, no habría querido ocuparme de usted de nuevo (¡qué pereza!), pero, sabiendo de usted por las noticias, no hay modo. Usted pareciera ubicuo, no en el sentido divino del vocablo, sino más bien como el chile de todos los moles en ese asunto de estar fastidiando, sin construir, y viendo que se lleva a su huertito. El último escándalo lo constituye el de la famosa librería que le clausuraron. Vayámonos por partes.
Si alguna vez hubiera trabajado en su vida, Javier, usted sabría que, para abrir, cualquier negocio requiere de una serie de autorizaciones que van de la licencia de uso de suelo al permiso de funcionamiento.
El mundo real, Javier, este de aquí afuera, no es una extensión plástica de su pensamiento; el mundo funciona merced a una serie de reglas que todos estamos obligados a cumplir para que continúe su marcha en forma regular; de lo contrario, algo se rompe, se quiebra.
No se confunda Javier, las historias que se cuenta son solo eso: fábulas. Ficciones que no existen más allá de su ser disminuido y lamentable. Asúmase con modestia, Javier, no duele y podría ocurrir que se le aclare el pensamiento.
Usted, Javier, no lo sabe; ni siquiera es capaz de imaginarlo, que usted vive en un perpetuo autoengaño; una burbuja elaborada a partir de un sincuento de frustraciones, complejos, traumas y una magnífica dosis de buena suerte que lo acercó a los Barrio y a Cynthia; quizá las únicas personas que intentaron, sin éxito, hacer de usted un hombre decente.
Ningún complot, ninguna conjura en su contra, solo su inexperiencia en los humildes asuntos cotidianos; cumplir con una serie de sencillos trámites y abrir un negocio que promete en estos páramos tan necesitados de libros y de lectores. Pero no así, Javier, no a la mala, no ahogándose en un vaso de agua y en medio de su propio desconcierto. Urdiendo, maquinando, tramando —usted sí, a gatas y con gatas— campañas de desprestigio que al único que desacreditan es a usted y lo exhiben en su triste mezquindad.
Chango viejo no aprende maroma nueva, dice el refrán; usted ya está muy viejo para lograrse, Javier; tendría que asumir sus pérdidas y retirarse de un modo gracioso, ahora que todavía puede. Tendría que ir a esconderse a alguna de sus madrigueras (por cierto, no sea cobarde, vaya y notifíquese al juzgado 6.º civil por audiencias y enfrénteme) a meditar sobre todo el daño que ha hecho en su torpe soberbia, la enorme cantidad de mentiras que ha dicho y de gente que ha traicionado.
No consume su última felonía: no pretenda ir a “redimir” a MC sin pagar el precio de lo que le debe al PAN, es decir, todo lo que ha hecho, todo lo que es. No se adentre en un camino sin retorno, el papel de tránsfuga no le sienta bien a nadie; y menos a alguien con aspiraciones mesiánicas. Asúmase como lo que es: un pobre hombre perdido en sus desvaríos.
Reclúyase en algún cubil de esos que tiene alrededor del país o, mejor, váyase a hacer completo el Camino de Santiago usted solo; pero esta vez, no para demostrarle nada a nadie, sino para vaciarse de tanto rencor que lo habita.
La próxima vez que vaya a adentrarse en un negocio del que lo ignora todo, sean leyes o libros, búsqueme, siempre le di buen consejo; algunas de sus victorias más memorables las obtuve yo para usted; tome la realidad tal como es. En este punto, le aconsejaría que se compre unas palomitas de maíz y vaya y rente, y vea, la película “Todo en todas partes al mismo tiempo”; si lo hace, podrá darse cuenta de que todos los seres humanos somos, al final de cuentas, “diminutos y estúpidos”; y que el único camino posible y deseable, es el de la bondad.
Mire, le propongo algo: si se desdice y desmiente públicamente los infundios que ha propalado en mi contra (que usted sabe bien que son falsos… que siempre lo han sido), me desisto de la demanda civil que instauré en su contra y le regalo mil volúmenes de mi biblioteca particular para hacer de la cultura aquí en Chihuahua jubilosa ocasión de encuentro y no de agravio.
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