Francisco Ortiz Bello
Los mexicanos sabemos muy bien que no hay nada más falso en el mundo que un político haciendo promesas en una campaña electoral, porque son capaces de comprometerse a los proyectos o peticiones más absurdas e imposibles, con tal de obtener el voto de los electores, y en mucho, los ciudadanos hemos tenido la culpa de eso, porque, con tal de tener una esperanza mínima de que algo se va a solucionar o hacer, les hemos creído a estas promesas de campaña.
Hay un chiste o anécdota que se cuenta justo en estas fechas, en el que un político en campaña acude a un pueblo lejano de una comunidad, y ahí, engolando la voz para darle fuerza y emoción a sus palabras, les promete a los habitantes que, si él gana, les construirá un puente de la mejor calidad para que puedan cruzar el río. Desconcertados, los lugareños le dicen que ahí no hay ningún río a lo que el candidato responde: “No importa, también les traigo el río”
Ese es el talante de casi todos los candidatos, prometer, prometer, prometer… Al cabo que prometer no empobrece y cumplir no es obligado, al menos en nuestro país, porque les hemos perdonado todas sus vanas promesas y ofertas de campaña no cumplidas.
Hay otro chiste o anécdota similar al primero que conté, y se refiere a un candidato en campaña, pero resulta que es el candidato del oficialismo, es decir, de quien gobierna en esos momentos y al llegar a un mitin los pobladores le exigen que se construya una escuela en ese lugar, y él les responde que le permitan hacer una llamada para verificar el tema, toma su celular, hace la llamada, habla con alguien a quien le expone el tema, escucha lo que le responden y se voltea victorioso a su audiencia: “¡Listo! Acabo de hablar con el secretario de educación y me confirma que se va a construir la escuela que ustedes quieren”
La ovación de los asistentes es cerrada, le aplauden a rabiar, le gritan su apoyo y le prometen su voto, hasta que allá en el fondo una tenue voz le pregunta: “¿Candidato cómo le hizo para habar por su celular si aquí no tenemos señal?” a lo que el candidato de inmediato responde: “No se preocupen, vamos a hacer que tengan red celular aquí”, y otra vez los aplausos.
De ese nivel es la política en México, de ese nivel son nuestros políticos y de ese nivel somos los electores, los ciudadanos, política de rancho, política de ficción, política pobre y falsa, pero también una sociedad que todo lo permite.
El siguiente relato, solo para ejemplificar adecuadamente lo anterior, no es una anécdota, ni un chiste es la cruel y dura realidad.
En 2016, y desde mucho antes, el entonces líder de Morena y precandidato a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador, entre algunas de sus promesas de campaña que le redituaron el triunfo en la elección, se comprometió a convertir el sistema de salud pública del país en uno mejor que el de Dinamarca, hay constancia en múltiples videos de la promesa y de las sucesivas actualizaciones.
Ganó la elección, inició su mandato y dijo que a finales del 2019 tendríamos ese sistema de salud, pero hizo todo lo contrario, desarticuló un bien estructurado Seguro Popular que brindaba atención a millones de mexicanos, lo deshizo, lo destruyó, dando paso al Insabi.
A principios de 2020, dijo que a finales de ese año se cumpliría su promesa, lo mismo ocurrió en 2021 y también en 2023. No se cumplió la promesa de campaña, ni en 2019, ni en 2020, ni en 2021, ni en 2022, ni en 2023. Este año, 2024, termina su gestión López Obrador, y la verdad es que estamos más lejos de tener un sistema de salud como el de Dinamarca que cuando empezó su mandato, mucho más lejos.
Las evidencias sobran en redes sociales, con videos, fotos, imágenes sobre los múltiples discursos en los que el candidato primero, y luego presidente, López Obrador habla sobre el tema y hasta pone plazos y fechas fatales de cumplimiento, ninguna se cumplió.
Hoy, a escasos meses de que concluya su mandato ya resulta imposible que cumpla dicha promesa, porque el sistema de salud pública en México está completamente colapsado, tanto en infraestructura como en personal de salud, equipamiento y medicamentos, no hay manera ya de que se pueda solucionar ese problema.
La del sistema de salud es tan solo una de tantas promesas incumplidas de López Obrador, la gasolina a diez pesos el litro, regresar a los militares a la calles, terminar con la corrupción en el país, y muchas otras más, no obstante los hechos que así lo demuestran, el presidente mantiene una alta aprobación ciudadana, lo que viene a refrendar mi teoría de que los mexicanos perdonamos eso y más, olvidamos las promesas incumplidas, olvidamos los engaños maquinados, y seguimos esperanzados en que las cosas van a cambiar.
Toda esta reflexión sobre las mentiras de los candidatos en campaña viene a colación porque estamos de nuevo en un proceso electoral, y ahí andan los candidatos y candidatas a cargos de elección popular recorriendo las calles de nuestra ciudad, repartiendo promesas y compromisos como si fueran volantes, sin el menor escrúpulo o pudor, sin importar si se pueden o no cumplir, lo importante es prometer ¿Cuántas de esas promesas se irán a cumplir?
Sin duda alguna que muy pocas, por no ser pesimista y decir que ninguna, pero ese es el objetivo del presente artículo, primero, generar conciencia entre los lectores sobre la forma impune y alevosa en la que todos los candidatos nos han mentido, y, segundo, llamar a la reflexión sobre el ejercicio de votar el próximo domingo 2 de junio.
Sabiendo de antemano que mentir y engañar sobre lo que piensan hacer una vez que obtengan el triunfo electoral es una constante en casi todos los candidatos, es mejor que cada uno de nosotros reflexionemos sobre lo que cada uno de ellos ha hecho en el pasado.
La gran mayoría de ellos ya tienen un historial en cargos públicos, y sabemos bien lo que han hecho y cómo se han conducido en sus encargos anteriores, los resultados tangibles que han entregado, y eso es lo que realmente nos debe mover a otorgarles o no nuestro voto.
No debemos votar por partidos políticos o plataformas electorales, eso es muy abstracto e incomprensible, debemos votar por las personas, sin importar en cuál partido o alianza militen, porque son las personas las que realmente harán la diferencia positiva o negativa ya en el desempeño del cargo público, sus valores personales, sus principios, sus normas de conducta, su profesionalismo, su capacidad de logros, eso es lo que en verdad cuenta.
Si el mismísimo presidente del país no tiene empacho ni vergüenza en llegar al final de su mandato sin haber cumplido una gran parte de sus promesas de campaña ¿Qué nos podemos esperar de cualquier otro político de menor nivel?
No prestemos oídos ni credibilidad a las promesas, no hay nada que nos haga pensar ni poquito siquiera que están dispuestos a cumplirlas, nada, mejor pongamos atención a su desempeño pasado, de cada uno de ellos, lo que han logrado y cumplido en sus cargos anteriores y, sin importar el partido político o coalición electoral a la que pertenezcan, dar nuestro voto en ese sentido, a quienes nos han demostrado en los hechos que sí están dispuestos a cumplir con las tareas propias del cargo de elección popular que obtengan.
No hay ninguna receta mágica en esto, es muy simple ¿Quiénes sí han cumplido y quiénes no? Los que han cumplido por supuesto que merecen la confianza ciudadana, y los que no lo han hecho, lo que merecen es el rechazo y el desprecio de la sociedad, por falsos y mentirosos.
Escuchemos todas las propuestas, oigamos todas las promesas, pero hagamos una meticulosa reflexión sobre lo que cada uno de los candidatos ha hecho en el pasado, evaluemos bien su desempeño anterior, no caigamos en la comodidad de votar por la marca o el color del partido, sino en la efectividad de quienes buscan un cargo de elección popular, y eso, eso solo su historia nos lo dice con mucha claridad.
Francisco Ortiz Bello








