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sábado, marzo 14, 2026
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Que no muera la esperanza en 2026

SERGIO ARMANDO López-Castillo

Para este nuevo año 2026 que pareciera ofrecernos un presagio retrógrada y pesimista, por muchos signos negativos de aparentes debacles, como el avasallamiento de la Inteligencia Artificial, mediante las nuevas tecnologías   que deshumanizan, o por la prepotencia y arrogancia de los países poderosos, con sus gobernantes autoritarios, sobre los más débiles, es preciso ponderar, si se quiere, una vez más, la Esperanza.

Una Esperanza que nos fortalezca y anime, que nos emocione y nos haga saber, por ejemplo, que podemos volver a conocer gente buena, o seres que, aquí mismo,  aún no hayamos visto.

Que nos ayude a entusiasmarnos de saber todavía debe haber muchos abrazos que no hemos dado, o no nos han proferido. O bien, escuchar canciones y tonos nuevos que no hemos descubierto.

Porqué no, la sencilla Esperanza de voltear al cielo y mirar estrellas que jamás hemos visto. Porque es un hecho que a cualquier edad, en todo tipo de circunstancia, tiempo y lugar, la vida todavía nos guarda sorpresas que sin duda podrán volver a emocionarnos.

La Esperanza, a lo mejor cotidiana y próxima, de ir  a recorrer senderos que aún no conocemos, y muchos otros lugares que nos pueden hacer sentir que volvemos, o estamos en casa.

La  Esperanza de pensar en que este año que comienza, vamos a encontrar gestos y sonrisas en personas que aún no han llegado a nuestro entorno, o quizá, porqué no, imaginar a otros (as) que todavía no conocemos.

La Esperanza de pensar en que van a venir días que nos hagan sentir más vivos que nunca, en medio de cualquier tribulación o sosiego.

La Esperanza de no olvidar que el futuro mediato o el muy distante, no solo puede guardar incertidumbre, sino que además, siempre esconde valiosos tesoros susceptibles de encontrar o bien de recuperarlos, cuando parecían perdidos.

En resumen, este año que inicia, y en los demás que vendrán, no perdamos ningún tipo de Esperanza, por más pequeña, mediana, grande o imposible que nos parezca, porque, es sabido, que la vida siempre tiene, y nos ofrece momentos, que pueden cambiarlo todo, y eso, es la esencia de la Esperanza.

Pensemos pues una vez más, en la Esperanza, cualquiera que esta sea para cada quien, de acuerdo a su realidad y circunstancia, no la soslayemos, mejor alimentémosla, alentémosla, no importa en qué estatus familiar, social, o laboral nos encontremos.

Ciñámonos a nuestra Esperanza con fuerza, ya sea que estemos solos, acompañados, o incluso, en compañía, pero de todos modos solos, como sucede con frecuencia.

Para no soltar y abandonar esa Esperanza, apoyémonos en la fortaleza propia, personal, para brincar los escollos que nos impidan alcanzarla. Démosle cabida en el corazón, como una brújula que nos impulse, con todo el optimismo y confianza de que podamos hacer acopio.

Recordemos que vivir sin Esperanza, es como comer el pan sin alegría, lo cual es casi igual que si deseáramos morir lentamente, de hambre.

En el caso de la Esperanza, siempre hay que perseverar, aunque sintamos muchas veces, que va a matar más esperar el bien y la felicidad, que por lo general tardan buen tiempo, que padecer el “mal que ya se tiene… Porque en cada amanecer habrá palabras, y poemas vivos de alguna nueva Esperanza.

Finalmente pensemos en nuestras fortalezas y dones. Pongámoslos en el centro de la vida y en práctica, sobro todo, dos de los más valiosos que se nos han dado: El del Perdón sincero y honesto; y el de Bendecir generosamente a otros (as),  ya que eso enriquece, libera y nos hace más humanos, y más preparados para arribar a nuestra Esperanza más preciada.

Tener Esperanza, pues, es poseer un alimento espiritual básico para nuestra alma. Así, la Esperanza misma, constituye una dicha, y sus fracasos u obstáculos, y yerros, por muchos que estos sean, siempre serán mucho, pero mucho menos feos, que su extinción.