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Chihuahua
martes, marzo 17, 2026
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Soldados de Papel

Juan Gómez Franco

Los retratos y pinturas pegadas a la pared del restaurante son la distracción de un grupo de comensales, muy especiales, que esperan con ansiedad sus alimentos mañaneros y su bebida alcohólica que alivie la “cruda” de la noche embriagante que les ofreció el viernes templado.

Luego de un rato de espera, los 12 sujetos disfrutaban de su desayuno preparado básicamente de huevos refritos con algún aditamento especial: chorizo, chile, queso, chilaquiles… acompañados de una buena cerveza y clamato preparado.

Uno del grupo esperaba en el exterior del restaurante y otro más, sentado en otra silla apartada de sus compañeros, leía un pasquín mientras que el resto comía con toda la confianza que sus armas y su radiocomunicación les puede dar.

La plática se basaba solo en circunstancias muy cerradas de su microespacio. Cosas del vecino, del ganado, de la novia, la esposa o concubina…la plática común de un hombre con otros tratando de llevar a buen término la digestión de sus viandas. Y la cura de su cruda.

De repente, uno de la banda entró por un paquete bienoliente a calientes y vaporosos huevos rancheros con chilaquiles picosos y frijoles revueltos con queso. El alimento era para el resto del grupo que esperaba pacientemente a su mensajero, ya que vigilaban el pueblo de la sorpresiva invasión de sus contrincantes en el negocio: el trasiego de la mariguana.

Cargado en hombros, cada uno, con un fusil ruso AK-47, de los denominados “cuernos de chivo”, una pistola escuadra de gran calibre fajada en el cinto, en su mayoría, en la parte trasera de la cintura y descansada en el bolsillo de su pantalón de mezclilla marca “Levis”, sus tenis “Nike” y playeras de buena marca, su cabeza cubierta por una cachucha y su rostro el de un joven de escasos 18 a 24 años de edad, con la ilusión de una mejor vida económica de la que pudieron tener sus padres, algunos de ellos ni siquiera conocieron a su papá; quizá, ni su propia madre pudiera decirles quién es.

La joven mesera se acerca a pedimento de uno de ellos. Le impone el arsenal que cargan los casi bisoños: un chaleco con bolsas por todo el frente, bolsas llenas de cartucheras bien abastecidas, algunos hasta con dos de ellas en cada bolsa. Otro, quizá con mayor miedo, se acompaña también de dos granadas de fragmentación y su cuchillo.

–Tráigame otro clamato por favor y más totopitos y salsa… pero acérquese si no la voy a morder–. Provoca la risa de sus compañeros y la vergüenza de la joven mesera, quien retira con rapidez y fuerza su mano de su acosador. Sonriendo obligadamente pero con su rostro enrojecido por la pena que le provoca el guerrillero hambriento. Aplica la retirada y manda a una mujer de una mayor avanzada edad que haga entrega del pedido. El sujeto guarda respeto por la doña.

Devoran sus alimentos y de inmediato salen en grupo, colgándose sus fusiles al hombro, y seguir con la rutina de vigilancia. No todos tienen la amabilidad de lanzar el deseo cordial de una buena digestión a los comensales que, algunos, ya están acostumbrados a esa escena que en el estado de Chihuahua, solo lo viven pocos pueblos marginados. –Que tengan buen provecho—dicen algunos. Reciben las gracias de las bocas hambrientas sentadas a sus lados.

Para unos es normal ver esas escenas, cuyos rumores siempre corrieron por las bocas de los ciudadanos, como los juglares en la edad media, llevaban su información de pueblo en pueblo.

Realidad que para unos puede ser ficción, para otros es su forma de vida. A lo que llega a acostumbrarse la gente, no cabe duda.