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domingo, marzo 15, 2026
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Testimonio que escribió el ex Gobernador Francisco Barrio Terrazas (+)

Luz Estela “Lucha” Castro

Agradezco tu generosidad al compartir el valioso testimonio que nos dejaste plasmado en el libro Una Lucha Colectiva: Testimonios.
“ Octubre del ‘92. Asumí el cargo de Gobernador y muy pronto me quedó claro que la COSYDDHAC, organización a la que conocía de algunos años y con la que se habían dado coincidencias importantes a la hora de exigir respeto a los derechos ciudadanos, sería ahora un interlocutor enérgico.
Desde el principio, vimos que estarían prestos a denunciar, a señalar, a exigir lo que fuera necesario para hacer valer los derechos humanos y, para lograr esto, que se adoptaran, corrigieran o suprimieran las acciones y decisiones de gobierno que a su juicio fuera necesario.
A varios de los integrantes de ese grupo los conocía de tiempo atrás. El padre Javier Ávila, “El Pato”, era ya una figura conocida y respetada incluso en otras partes de la república. Emilia González era cuñada de mi hermano José Luis. Así pues, sabía bastante sobre su manera de pensar, su compromiso y su estilo enérgico, intransigente en todo lo que tuviera que ver con principios. Lucha Castro había participado muy activamente en las protestas del verano caliente del ’86. Sabía de sobra que también ella era como las motocicletas, sin reversa. De algunos y algunas integrantes del grupo, aunque los conocía menos, sabía que compartían el mismo compromiso y la misma convicción. Por no decir que la misma pasión.
Y así se fue dando una interacción que, la mayor parte del tiempo, era tensa, para decirlo suavemente.
Y no porque discrepáramos en lo esencial. La verdad es que un gobierno como el nuestro, inspirado e impulsado por reclamos de justicia, de libertad y democracia, de respeto absoluto a la ley y, mucho más que eso, de actuaciones públicas con un sustento ético libre de cualquier duda, difícilmente podría estar en desacuerdo con las tesis y planteamientos de una organización como la COSYDDHAC.
El problema es que, para un grupo de activistas radicales, con ideas y posturas revolucionarias, cualquier avance que se tuviera en esos temas de la justicia y el respeto a todas las personas, sin importar su condición o su perfil, era siempre demasiado poco y demasiado lento.
Y para un gobierno, sometido a mil demandas y reclamos, enfrentando embates y ataques desde todos los ángulos, siempre escaso de recursos y, para colmo, sin muchas de las palancas de poder que los anteriores gobiernos tuvieron siempre a su alcance, las cosas no eran precisamente fáciles ni las respuestas podían ser demasiado rápidas. Recuérdese la vieja frase de que en palacio las cosas van despacio.
Y muchas cosas que no podíamos conceder o entregar, simplemente por que no estaba a nuestro alcance hacerlo, desde la perspectiva de los interesados, -y en esto la COSYDDHAC no era la única-, se percibía, y así se entendía, como una falta de voluntad o, peor aún, como una completa renuencia a obsequiar los pedidos que se nos hacían.
Era inevitable, pues, que hubiera momentos tensos, incluso francamente airados.
Se trataba, pues, de una relación complicada, en la que los reclamos y las desconfianzas no eran raros.
Pero, dicho todo lo anterior, yo debo ahora señalar que, desde aquellos años y hasta nuestros días fue creciendo en mí un respeto hacia todos aquellos luchadores y luchadoras, respeto que se ha fincado en el reconocimiento de su congruencia, de su valentía, de su compromiso desinteresado con una causa superior.
Y como justamente esos valores eran los que a mí me inspiraban, y como esos valores son los que siempre quise mantener en mi vida pública, aunque en apariencia pudiéramos discrepar en muchas cosas, -y seguramente sí había algunas en las que realmente discrepábamos-, lo cierto es que había muchas cosas de fondo en las que coincidíamos y que compartíamos.
Hasta donde recuerdo, en la COSYDDHAC participaban hombres y mujeres por igual. Pero, curiosamente yo a las que recuerdo más es a sus mujeres. A Emilia González, a Lucha Castro, a la Petty Guerrero, Alma Gómez y otras a las que con frecuencia veía, trabajando para lograr el cumplimiento de los ideales que las animaban y fortalecían.
Si de algo no se podría acusar jamás a ninguna de ellas es de timorata o apocada. Eran, por el contrario, echadísimas pa’delante, valerosas como el que más, entronas y, cuando menos así lo parecía, ninguna de ellas sabía lo que era el miedo.
Otra característica muy marcada en todas ellas era la congruencia. Me formé desde entonces y conservo hasta ahora una convicción sólida, profunda, de que todas ellas hablaban y actuaban exactamente como pensaban. Sin dobleces, simulaciones o falsas cortesías. Tenían muy claras las cosas que querían y en las que creían, y en eso no estaban dispuestas a ceder un milímetro.
Así que mi trato con todas ellas resulta ser una de esas paradojas que la vida te va entregando en distintos momentos. Un grupo que nos exigía, que nos reclamaba y criticaba, que nos denunciaba y algunas veces combatía, acaba siendo un grupo de personas de las que más valoras y respetas.
Así como nosotros luchamos para que en el país hubiera un ambiente más democrático, ellas se entregaron siempre a la causa de los derechos humanos y la defensa de los más necesitados y de los más injustamente tratados desde siempre.
Y la aportación que han hecho para que esta sociedad fueraun poco más igualitaria, más justa, más civilizada, es incalculable. Para las nuevas generaciones resulta inaudito escuchar que apenas 3 o 4 décadas atrás, la tortura, los encarcelamientos arbitrarios, los abusos de todo tipo hacia la mujer, eran pan nuestro de cada día, y que, muchas veces, se practicaban de manera cínica, abierta, descarada. No que ahora no existan, pero ciertamente en esos temas el México que ahora conocemos no tiene nada que ver con el de no muchos años atrás.
Que a este puñado de hombres y mujeres comprometidos y valientes, se les vaya a reconocer y agradecer a plenitud lo que han hecho para que todos vivamos un poco mejor, puede que ocurra o puede que no. Pero nadie puede ni podrá jamás regatearles su entrega total, su pasión por la causa que abrazaron, su ejemplo de lucha y de congruencia persistentes.
Y, lo más importante de todo, cada uno de ellos y ellas, puede saborear en su interior el gusto dulce del deber cumplido, de haber hecho lo que íntimamente creyeron que era correcto, de haber sido siempre fieles a sus convicciones y a ellos y ellas mismas.
Mi gratitud y mi reconocimiento para estas infatigables guerreras por todo lo que nos han dado.
PANCHO BARRIO
Gracias Pancho, vuela alto, tu honesta narrativa, construida desde tu experiencia personal y política, forma parte de una memoria colectiva indispensable para comprender un momento clave de nuestra historia, en la que fuiste camino y guía.
“ He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” 2 Timoteo 4,7