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sábado, marzo 14, 2026
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Un año más del “Pato”

Luz Estela “Lucha” Castro

Un año más celebramos la vida de mi amado amigo Javier Avila “ el pato”
Sacerdote Jesuita , defensor de derechos humanos, una voz profética imprescindible en la sierra Tarahumara.
Les comparto una pincelada de su vida con frases sueltas, que dan cuenta de un hombre con un profundo sentido de la vida.
Durante la década de los 70, Javier Ávila forma la banda de folk La Fauna. Cada uno de los integrantes representa un animal. Ávila, Pato, así se le conoce desde entonces. La protesta en ciernes y la búsqueda de Dios.
“Ser jesuita, es oír la voz de Cristo:\ ‘Tengo sed’, y arrojado en la batalla.\ Pasando entre el fragor de la metralla\ dar el alma a Jesús” versa Enrique Maza. La poesía es la vida, y para algunos jesuitas, el rigor de vida, el rigor centenario de Javier Ávila.
En las horas más bajas, los ojos de Javier Ávila se posan sobre versos. Sostiene el dolor y la fe en la tinta de poetas como Miguel Hernández que “cambió la vida de muchos soñadores” dice; Pablo Neruda o Ernesto Cardenal.
¿Cómo sobrevivir en el espíritu en un lugar de injusticia permanente? La Tarahumara conserva ese aire antiguo: de vida y muerte añeja. Un silencio que es a veces es tumba y a veces libertad, y el centro del universo —el ser y no el tener que profesan sin decirlo los rarámuri—. La poesía aquí, en Tarahumara es el único lenguaje apropiado. El poema, la única cura.
El rostro del padre Pato tallado por años de sol y el afilado aire de la sierra Tarahumara en el invierno. Pardo cabello, un mechón oscuro se aferra a no perderse en la blancura de las canas. La barba fácilmente se confunde con las alargadas nubes sobre los cerros que rodean Creel. La vestimenta blanca, del ritual de la pureza en el universo cristiano-rarámuri. Negro solamente el armazón de los lentes y los zapatos. Los polos eternamente opuestos. En el medio, el jesuita. El día y la noche, siglos de luz y oscuridad. Dos pulseras en la mano derecha, una es una artesanía huichol. Un reloj que parece medir décadas en la otra.
El crucifijo es un símbolo de la creencia que ambos profesamos en el Dios de la Justicia .
El crucifijo , su crucifijo lo puso sobre mi cuello justo antes de partir a Barcelona a curarme de un cancer terminal con tres meses de expectativa de vida, con una sencilla frase. “ tómalo me lo regresas “
Espero volver para cumplir nuestro deseo. Y su crucifijo es un símbolo de nuestro gran cariño cultivado por décadas de caminar junt@s
En sus palabras mengua una razón profunda, el significado exacto de las palabras que expresa: la dignidad humana sobrepasando la fe. Al final, desvanecidas por susurros inentendibles. Con limpidez en el pensamiento argumenta la misión encomendada por Cristo, igual que el aire que vaga por las calles con el rumor de la tarde — y trae el susurro de vestigios de otro tiempo—.
El silencio es una forma de rezar. “Señor, sabes lo que traigo y lo que te quiero decir. ¿Qué deseas de mí?” La comunicación es del otro lado del lenguaje. Se manifiesta en pensamientos, ideas, en la defensa de derechos humanos. Durante el día, aparece la respuesta que Ávila busca, en la gente, con Dios. Javier Ávila encarna la parábola. Interrumpe el lazo celestial. Sale y regresa a la pequeña oficina a un lado por una cita pendiente.
El Pato es un Amante de la música.
El Jazz suena en la oficina de la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos (Cosyddhac). Apenas se percibe. En la espalda del párroco, un muro cubierto por madera lleno de crucifijos coloridos, una galería de arte-objeto. Una pareja rarámuri tallados en madera, — en las facciones del rostro, el paso de los años en los anillos del árbol derribado para las piezas —. Un pequeño lugar, cálido para quienes comparten en la sierra Tarahumara violencia y muerte, la historia que escriben con plomo los sicarios, militares y policías.
Por la calle una familia camina, y mira por la ventana para saludar a Javier Ávila. El varón anda por delante, con zancada larga y levantada. La ropa mestiza, calzada a su cuerpo; es la contraparte de la mujer: un vestido rojo —en la paleta de colores del atuendo rarámuri es una dimensión por la que transita el cuerpo material— sostiene una bolsa enorme de plástico, y un niño pequeño que apenas alcanza a mantener el paso de sus padres. El viaje incluye las pertenencias, la sierra es el hogar. “El indígena nos enseña que su espacio es más amplio. Porque ellos no son solos, son comunidad. Y si uno no sabe nada, todos pueden saber todo” dice el jesuita.
Así vive cada día nuestro amado Pato
“ hoy seguimos con el corazón lastimado y la esperanza escondida para que no nos la roben. El caminar ha sido largo, pero lleno de frutos; pesado, pero en compañía de los demás”
lo divino de la lucha por los derechos humanos”. Javier Avila