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lunes, marzo 16, 2026
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Una mujer que rompe el silencio y transforma su realidad

Luz Estela Castro
En este 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, recordamos la historia de una mujer anónima que, en los tiempos de Jesús, vivió marginada, aislada y apartada de su comunidad. Su cuerpo era motivo de exclusión, su enfermedad la convertía en una persona impura según la ley de su tiempo, y su sufrimiento era invisibilizado.
Su historia nos sigue interpelando hoy. Ella representa a tantas mujeres que viven una soledad impuesta, que han sido desplazadas por la guerra, que cruzan fronteras con la esperanza de una vida mejor y, en el camino, enfrentan violencia y humillaciones.
También a quienes han tenido que separarse de su familia para huir del abuso, a quienes encuentran cerradas las puertas de espacios de decisión y liderazgo, y a tantas que siguen siendo excluidas dentro de sus propias comunidades de fe.
Pero esta mujer no se resigna. Su fe y su esperanza la llevan a romper las normas que la oprimen y a acercarse a Jesús en busca de sanación. Se atreve a desafiar la ley, a reclamar su dignidad y a tocar el manto de aquel que predica la compasión y la justicia.
Jesús no solo la sana, sino que la reconoce.
La llama “hija”, le devuelve su identidad y su lugar en la comunidad. Su historia no es solo la de una mujer que recibe sanación, sino la de una mujer que se libera y se convierte en testimonio de transformación.
Hoy, en el 8M, esta historia nos inspira a seguir caminando con esperanza y valentía, a no resignarnos ante las injusticias, a desafiar las estructuras que marginan, y a recordar que la fe –en la vida, en la justicia, en nosotras mismas y en quienes luchan a nuestro lado– sigue siendo una fuerza que salva y libera.
Que este día nos encuentre unidas, sanando heridas, alzando la voz y construyendo juntas un mundo más justo y más humano.
Que así sea.
Amén.