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Ya dudo que en Chihuahua exista una clase política, a la que me refiero recurrentemente en esta columna. A través de los medios me entero de datos que me hacen dubitar de ese segmento social.
Imperdible no referirse a la aberración del “jubileo” de plata que estará celebrando Patricio Martínez por el atentado sufrido cuando era gobernador. Es grotesco que se le empalme, por una circunstancia de azar, a los funerales de Francisco Barrio, su némesis personal y político, aunque el panista no tuviera la misma actitud en contra de aquel.
Pero eso es lo de menos. Lo de más es que Patricio miserablemente quiera vivir de un pasado que ya no tiene significación en la sensibilidad pública porque, como se sabe, ahora la vida no vale nada, como diría José Alfredo Jiménez.
Dos cosas al respecto convierten este “jubileo” en un dislate. La primera: que nos quiera vender la idea de que murió y resucitó, lamentablemente para él no al tercer día, o si no hoy se nos presentaría como el redentor. La otra: el afán de hablar de milagros, en este caso del renacimiento del exgobernador, cuando el milagro tuvo tan graves consecuencias para la vida pública de Chihuahua. Hay que recordar el Libro de Habacuc, cuando se le pregunta a Jehová porqué tantos latigazos a la humanidad, en este caso a nuestro dolorido estado de Chihuahua.
El otro hecho es que los magistrados del Tribunal Superior de Justicia recientemente electos, el día de ayer discutieron acaloradamente el lugar y las sillas que deben ocupar en el Pleno. Jugaron a la silla caliente, aunque nadie perdió.
Prueba es de que una elección directa y arreglada de jueces y magistrados no lleva sabiduría a las instituciones; la disputa es por lo meramente cosmético.
No son chistes, pero sí parecen.








